BATALLA DE LA POZA DE SANTA ISABEL.

Al producirse en Madrid el alzamiento patriótico el día dos de mayo del año de 1808 contra el invasor napoleónico, pronto se hizo notar con preocupación por ambos bandos que la escuadra francesa sobreviviente del combate de Trafalgar, ahora al mando del almirante Rosily, seguía fondeada en Cádiz.

De hecho ya con fecha del día veintiuno de febrero del año de 1808, el Emperador, que no olvidaba a su escuadra, ordenó se avisará al almirante de lo que se encargó su ministro de la guerra Mr. Decrés, quien escribió entre otras cosas:

« Procurad no manifestar inquietud, pero preparaos para cualquier evento sin afectación y tan sólo como obedeciendo órdenes que habéis recibido para partir. Colocad en medio al navío español bajo tiro de los franceses »

Ante el peligro de que la aislada escuadra sucumbiera, Napoleón personalmente envió a Andalucía al general Dupont al mando de un cuerpo de ejército compuesto por unos veinte mil hombres, con la concreta misión de romper toda resistencia y alcanzar el objetivo, que no era otro que recuperar la escuadra, para junto a ella y el ejército dominar la vasta región de Andalucía, pero como ya se demostró subestimaron a los españoles, siendo el primer aviso que el Emperador no entendió y al final sería causa importante de su total ruina, para él y el país que representaba.

Y es lógico pensar que si los dos generales llegan a enlazar, la suerte hubiera sido muy diferente, pero en cambio al fracasar por la rápida reacción de los marinos, fue un acicate de seguir su rumbo, que en parte es muy posible que de ese ánimo y las buenas dotes del general Castaños, sobreviniera la victoria del día diecinueve de julio del año de 1808 en los campos de Bailén. Primera derrota en tierra de los ejércitos imperiales en toda su guerra en Europa.

Por desgracia y a pesar de las penurias por las que estaba atravesando la Real Armada, por presiones del Emperador y consentimiento del Príncipe de la Paz, la escuadra fondeada en la Bahía de Cádiz no dejó de ser atendida como si fuera a zarpar al día siguiente, mientras tanto los marinos españoles de toda graduación y los mismos marineros, no cobraban desde hacía once meses, llegando a faltar en los mismo cuarteles hasta la comida, nada que decir de darle una mano de estopa o alquitrán a un casco, ni una pasada de brocha ya que faltaba hasta pólvora y la marinería sobre todo, casi desnudos por falta de ropa por no existir ninguna, impidiéndoles cambiarse o ponerse una nueva, un total desastre que en ningún momento afectó a la escuadra francesa.

Cuando Rosily recibió la noticia del levantamiento y el comienzo de la guerra, ordenó mover sus buques para ponerlos fuera del alcance de la artillería de las fortalezas, así como alejarlos lo suficiente de tierra, para evitar el fuego que desde ella se le podría hacer si se alistaban cañones en su contra. A esto se sumaba que el almirante francés pidió se le asignara un navío español, para poder formar al menos dos divisiones de tres navíos, por lo que le fue asignado con anterioridad el San Justo, (el que ya le nombra su ministro de la guerra Mr. Decrés) ya que fue el único que estaba realmente alistado de toda la Real Armada española.

Viendo que no podía hacer más de lo ya realizado el almirante francés, ya que en la mar estaba la escuadra británica por si intentaba salir y la que a su vez pidió permiso para entrar en la bahía para acabar con la francesa, (lo que le fue negado rotundamente) procuró con mucho tacto ir alargando el inevitable combate, con la esperanza de recibir pronto la ayuda de su ejército, pero éste se fue retrasando y ya agotadas todas las vías posibles el general don Juan Ruiz de Apodaca, no quiso esperar más y el día nueve de junio por la mañana se rompió el fuego contra los buques franceses.

Las unidades francesas eran los navíos: insignia Le Herós, de 84 cañones, Neptune, de 92; Algeciras, de 86; Plutón y Argonaute, de 74 y la fragata Cornelia, de 42. Todos los buques en perfecto estado de mantenimiento y abastecidos para una campaña de cinco meses, todo a costa de las arcas españolas, que si calculamos que eran los restos de la escuadra francesa de Trafalgar, hay que pensar que llevaban poco menos de tres años manteniéndose, cuando para los nuestros no llegaba nunca.

A parte de las baterías instaladas en tierra, que también contribuyeron a la victoria final, se contaba con los navío Príncipe de Asturias, del porte de 118 cañones; Montañés, de 80; Terrible, de 76; San Leandro, de 74; San Fulgencio, de 68 y la fragata Flora, de 40, encontrándose en esos momentos en navío Santa Ana en el arsenal de la Carraca en gran carena, a esta fuerza se unieron las sutiles; falucho 114 y Colombo, cañonero 27, bote nº 2, balandra nº 2 y los faluchos Regla y 106, que pertenecían al navío Príncipe de Asturias; lancha nº 1, cañonero 9 y 28 y bote nº 3, al Terrible; lancha nº 3, nº 5 y Luisa, más el bote nº 1, al Montañés; bote nº 4, cañonero 10, gabarra nº 5 y lancha Golondrina, al San Fulgencio; faluchos 108 y 110 al San Leandro y a la fragata Flora con la que se formaban la división de exploración y protección de la bahía junto a los faluchos 107, 111, 112 y 113, pertenecientes al propio Departamento.

El fuego de los navíos españoles allí fondeados, a los que se unió el San Justo, más las diferentes baterías que se habían ido colocando en diferentes lugares para ofender a los ahora enemigos. Para aliviar su situación el almirante francés iba pidiendo altos el fuego, siéndoles concedidos puesto que reclamaba poder parlamentar con el general don Juan Ruíz de Apodaca, consiguiendo con ello ganar tiempo, por saber el avance de los ejércitos napoleónicos, aprovechando a su vez mientras el emisario a bordo de un bote se acercaba al navío Príncipe de Asturias, para dar un descanso a sus hombres mientras otros reparaban las averías sufridas lo antes posible.

Pero llegó un momento en que la situación ya era insostenible, por lo que se dio por vencido y ordenó arriar los pabellones imperiales, era el día catorce de junio del año de 1808, esto marcó el fin del combate, el primero que se ganaba a los imperiales en toda su etapa de conquista de Europa. Ese honor le cupo a la Real Armada.

Al rendirse el botín de guerra fue cuantioso; prisioneros, tres mil seiscientos setenta y seis, 442 cañones de á 24 y 36, mil seiscientos cincuenta y un quintales de pólvora, mil cuatrocientos veintinueve fusiles, mil sesenta y nueve bayonetas, ochenta esmeriles, cincuenta carabinas, quinientas cinco pistolas, mil noventa y seis sables, cuatrocientos veinticinco chuzos, ciento una mil quinientas sesenta y ocho balas de fusil, más toda la carga de munición de la artillería de los buques y sobre todo, fueron los víveres los que calmaron al menos el hambre de los españoles.

Para calmar los ánimos de los gaditanos. El general Morla redactó una proclama para que fuera difundida por todas partes, la cual decía:

« Gaditanos: la escuadra francesa, al mando del almirante Rosilly, acaba de rendirse a discreción confiada en la humanidad y generosidad del pueblo español. — Cádiz 14 de junio de 1808. — Morla »

Por este hecho de armas que tanto había levantado la moral de las tropas, la Junta Central no lo dejó pasar en balde, para darle mayor importancia y reconocimiento se concedió una promoción especial de ascenso de un grado para todos aquellos que habían participado.

No fue una de esas grandes victorias de toda guerra, pero si significó que las tropas imperiales y con ellas su Marina no eran invencibles, como hasta ese momento se habían demostrado. Lo que indudablemente se divulgó con la rapidez del viento, dando si cabe más fuerzas al abandonado pueblo español, viendo y sabiendo que los enemigos de la Patria también podían perder.

Uno de los más beneficiados fue la propia Real Armada, que ya no se mantenía ni el nombre, ya que en el Estado General de la Armada del año de 1835, solo quedaban tres navíos en la Armada, entre ellos precisamente el insignia de Rosilly, el Héroe, del porte de 80 cañones, aunque estaba desarmado en Ferrol, junto al Guerrero, de 74, y el único activo era el Soberano de 74 que se encontraba en la Habana.

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