JURA DE LA CONSTITUCIÓN DE 1812

La Regencia de las Españas, en consecuencia al Decreto de las Cortes del 14 de marzo de 1812, por el que se puso a su cuidado el aparato y solemnidad con que debía publicarse en Cádiz la Constitución, resolvió que se verificara el día 19 en los cuatro puntos siguientes:

1. Palacio de la Aduana.
2. Plazuela de la Verdad.
3. Plaza de San Antonio.
4. Plazuela de San Felipe.

Construyéndose en cada uno de ellos un tablado al efecto, sobre el que se colocó un dosel con el retrato del señor Fernando VII.

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Placa conmemorativa de la Jura de la Constitución de 1812 en San Fernando.
El 29 del mismo mes se procedió á igual ceremonia en la Real Isla de León con tanto júbilo como en Cádiz. A las diez de la mañana, en el manchón de Torre Alta, denominado por acuerdo de las Cortes, Campo de la Constitución, entraron debidamente formadas las tropas españolas.

En el centro se había erigido una galería cuadrada con decorosos adornos. Bajo un suntuoso dosel hallábase el retrato del Rey D. Fernando VII.

A las once llegó el Regente del Reino, Conde de La Bisbal, a quién acompañaba el general Cook, jefe de las tropas británicas que contribuían a la guarnición defensora de la Isla.

Seguían a uno y otro personaje, el Estado Mayor y jefe y oficiales de los tres ejércitos aliados (español, inglés y lusitano) cine componían una comitiva tan esplendida como numerosa.

Todos recorrieron el cuadro de las tropas, saludados por las unánimes muestras del entusiasmo militar, así como por los espectadores civiles que habían acudido a la novedad sorprendente de aquel acontecimiento.

Soldados (dijo el Conde de La Bisbal) hoy es un gran día para la patria. Somos libres y seremos felices, pues ya hay Constitución. Es preciso celebrarla y obsequiar a nuestros dignos aliados y hermanos de armas. Hoy es día de júbilo; comeremos todos en compañía y no dudo de que los que hoy comen conmigo, mañana me acompañarán al campo de la gloria. Soldados: no puedo mandaros, pero os acompañaré entre las filas. La Constitución que vamos á jurar es la piedra fundamental de nuestras libertades.

Observó el dicho Regente, que un joven oficial, con semblante de ser militar verdadero, empuñaba una preciosa espada. La tomó al punto en su mano y le dijo: ¡Hermosa espada! ¿Es nueva?—Sí, repuso el oficial.—Más hermosa estará, añadió O’Donnell, cuando estuviere teñida de sangre francesa; se la devuelvo con este encargo. Acordaos que la recibís de mi mano.

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Campo de la Constitución en su estado actual.

Se celebró seguidamente en la misma galería una misa solemne. Terminada, se formaron los cuerpos de tropas en cuatro secciones en columna cerrada, que se colocaron cada una en los ángulos de la galería, y allí permanecieron en tanto que se leía la Constitución.

Terminada esta ceremonia, se pusieron las tropas en formación de batalla. Eran tan numerosas, que hubo de prolongarse su línea, pues no bastaba el campo para su extensión en todo su frente, por lo que tuvo que concluir aquélla en un ángulo obtuso.

Tres descargas se hicieron, precediendo a cada una el disparo de quince cañonazos. Tres aclamaciones entusiastas ponían fin y remate a cada una de aquéllas.

El primer viva fue a la Nación, el segundo al Rey y a la Constitución el tercero.

No se oía más voz en aquel concurso, conmovido por tan entusiasta ceremonia: «Si en éste momento se presentara en el campo igual número de esclavos del tirano de Europa, ¡qué día de triunfo para nuestros magnánimos guerreros!»

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Hiciéronse pabellones de armas. Los soldados españoles, por indicación de sus jefes, dirigiéronse a convidar a los de Inglaterra y Portugal, que se hallaban con tahalí y bayoneta formados á retaguardia.

Abrazados unos con otros y dando vivas a las naciones de la triple alianza, y haciendo otros extremos de fraternal alegría, llegaron a los ranchos. Los jefes y oficiales pasaron á invitar a los de las tropas aliadas, cada uno a los de su arma respectiva.

En lo más erguido del terreno de Torre-Alta veíase la mesa del Estado Mayor, en que se sentaron el Conde de La Bisbal, el general Cook, el del Departamento Marítimo, el conde de Palmela, Ministro plenipotenciario de Portugal Rodríguez, el general del Cantón, el jefe de Estado Mayor Wimphen, el Estado Mayor anglolusitano y muchos oficiales generales y jefes de todas las armas.

A poco dieron principio los brindis, alternados por marchas patrióticas que entonan varios aficionados, en inmediato y oportuno sitio cerca del Regente y por sonatas que ejecutaban las músicas de todos los regimientos.

Al principio había centinelas para evitar la aproximación imprudente de curiosos, pero se mandaron retirar, con lo que la fraternidad fue completa, alternando en los obsequios damas elegantes y todas las clases del pueblo.

Brindó el Regente «porque las bayonetas españolas, protegiendo la Constitución, hiciesen feliz a la patria, que tanto y tanto lo merecía». Saludó en otro brindis la memoria del general Crawford, que pereció en la lucha de Ciudad Rodrigo.

El Ministro plenipotenciario de Portugal «porque en breve se repita esta fiesta en los campos de Jerez y de Sevilla (que entonces estaban ocupados por las tropas de Napoleón.)

El general Cook dijo «que sea tanta la felicidad de los ejércitos aliados, como la justicia de la causa que defienden». Hízolo también por la memoria de los primeros mártires de la restauración Daóiz y Velarde, al vencedor de Bailén, General Castaños, á Ballesteros, O Ezpoz y Mina, al ilustre Álvarez y dignos defensores de Gerona.

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Una dama pidió licencia para brindar, añadiendo al de Álvarez «que la patria cuente muchos hijos como aquél, tan merecedores de la gratitud.»

Al oír un brindis por Lord Wellington, exclamó el general Doyle: «No… no… por el duque de Ciudad Rodrigo.»

En las banderas enlazadas de las tres naciones hallábase circundada esta alusiva inscripción: «La disciplina militar hará observar la Constitución que hoy se recibe.»

Hay que advertir que todos los brindis que se proferían en esta mesa se anunciaban con dos cañonazos y se seguía por la música de himnos y coros marciales.

En la mesa de los oficiales de las guardias españolas y Walonas no había otros convidados que los de la guardia real inglesa.

La mesa de los caballeros cadetes estaba adornada en forma de reducto, y la de los oficiales de ingenieros en apariencia de un castillo con una corona de frescas flores sobre su vértice y rodeado de guirnaldas.

Una corpulenta pipa de vino que por las cuatro puertas del dicho figurado castillo, asomaban cuatro callos para servir por ellos el líquido a los aficionados.

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De tal modo quedó establecida la fraternidad entre los soldados españoles, ingleses y portugueses, que por donde quiera que se veían después de este acontecimiento, se convidaban mutuamente a beber.

A los cuarteles fueron la misma noche los britanos á convidarlos diciéndoles: «Nuestros capitanes nos han dado dinero para que obsequiemos á nuestros hermanos los españoles.»

Los regocijos de la jura, terminaron con el sonido de las cajas que llamaban a las tropas a sus filas. Revistólas el Regente que las saludó diciendo: «Soldados que así maniobran, se baten fijamente.»

En tanto que tales hechos pasaban en el campo (le la Constitución, se publicaba ésta dentro de la Isla con todo el aparato y entusiasmo correspondiente al pueblo que había visto instalar las Cortes que acababan de dictar aquel Código tan deseado.

Por la noche la ciudad se iluminó con expresión de verdadero regocijo público. Grandes hogueras por las calles aumentaban la claridad.

El Regente abrió las puertas de su morada y obsequió en ella á los jefes y oficiales, así como a las señoras y señoritas que se prestaron a amenizar la fiesta con su canto y con sus melodías al piano.

El Ministro de Portugal, Conde de Palmela, cediendo á la voz de su entusiasmo, cantó su vez una estrofa patriótica que fué, muy celebrada por la concurrencia, así por lo inesperado como por la autoridad del personaje que tomaba esa, parte en el regocijo español.

Y todo esto acontecía en la Isla cercada por los atrincheramientos de los franceses á la corta distancia que mediaba del caño de Sancti-Petri y otros caños y salinas, como en menosprecio de las armas enemigas y en prueba del entusiasmo y energía de la patria.

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