El elefante que llegó a la Real Isla de León en 1773.

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En julio de 1773 arribó a la Bahía de Cádiz procedente de Manila una fragata que llevaba un paquidermo de regalo para Carlos III. Después recorrió media España hasta llegar a la Corte.

EL 21 de julio de 1773, la fragata de la Armada Venus, del porte de 30 cañones y comandada por Juan de Lángara, fondeó en la Bahía de Cádiz. El buque había zarpado de Manila el anterior 23 de enero transportando un elefante que Mahomet Ali Nabad de Carnate, de la costa de Coroman del, había regalado a Simón de Anda y Salazar, gobernador y capitán general de las Islas Filipinas y presidente de la Real Audiencia de Manila, en reconocimiento a las armoniosas relaciones que mantenían. Y este último se lo enviaba a Carlos III.

El exótico animal fue desembarcado en la Isla de León. Se trataba de un macho de cinco años y medio de edad. El largo de la trompa era de cuatro pies y tres pulgadas; el de los colmillos, que tenía las puntas aserradas, de un pie y dos pulgadas; la altura del cuerpo, de seis pies y cinco pulgadas; la distancia desde las orejas a la cola, de siete pies y una pulgada; el grueso del cuerpo, de diez pies y seis pulgadas; el largo de la cola, de tres pies y diez pulgadas; y el grueso mayor de la pierna, de dos pies y 11 pulgadas.

Durante la travesía había sido alimentado diariamente con 85 cuartillos de agua, 24 libras de arroz, seis libras de azúcar; dos raciones y media de pan y cuatro tronchos de plátanos. También se le suministró hierba durante todo el tiempo que pudo conservarse fresca a bordo.

Por tres veces tuvo que ser medicinado. En previsión de ello, se había embarcado una caja de remedios con 32 especies diferentes. En tales casos, se le preparó el arroz con un cuartillo y medio de aguardiente.

Descansando y reponiéndose, el elefante permaneció en la Isla de León hasta la tarde del 16 de agosto en que partió en una singular expedición al mando del entonces teniente de fragata y años después afamado almirante, José de Mazarredo, acompañado de un sargento, un cabo y ocho soldados de los Batallones de Marina, un patrón de bote, dos artilleros de mar, dos cornacas o  elefanteros de la costa Malabar, que eran los encargados de cuidarlo, y un español agregado para lo mismo.

Llevaron consigo una calesa para el oficial y una galera en la que acarrearon una tienda de campaña para la tropa y hombres de mar, otra tienda para el paquidermo y los malabares, los repuestos de víveres y agua del animal, los sacos de paja para su cama y una caja de sus medicinas.

Antes de salir, se había confeccionado un “vestido nuevo para la presentación del elefante a Su Majestad”, de color grana, galoneado de oro y lleno de colgantes y campanillas.

Tan inusual comitiva tardó 41 días en cubrir la distancia desde la Isla de León hasta el Real Sitio de San Ildefonso de La Granja, donde a la sazón se hallaba la Corte. Se marchó aprovechando el fresco de la madrugada y las primeras horas de la mañana, para evitar las de mayor calor.

El itinerario seguido fue: Isla de León, Jerez de la Frontera -por La Cartuja-, Las Cabezas de San Juan, El Arahal, Marchena, Écija, La Carlota, Córdoba, El Carpio, Andújar, Guarromán, La Carolina, Sierra Morena por el Puerto del Rey, El Viso del Marqués, Santa Cruz de Mudela, Valdepeñas, Manzanares, Villarta, Puerto Lápice, Camuñas, Tembleque, La Guardia, Dos Barrios, Ocaña, Aranjuez, Valdemoro, Caramanchel de Abajo, Pozuelo, Las Rozas, Guadarrama, y La Fuenfría en dirección a San Ildefonso.

Desde todos los lugares del recorrido, Mazarredo fue informando puntualmente de lo acontecido al bailío Julián de Arriaga, secretario de Estado y del Despacho de Marina e Indias.

El revuelo que se formó por las ciudades, pueblos y lugares por donde transitó el elefante fue enorme. Adelantados, los trajineros, muleros y boyeros iban informando de su próxima llegada. Al acercarse a las poblaciones, todos abandonaban sus actividades y acudían para verlo e intentar tocarlo.

En Écija hubo de fabricársele “unos zapatos de tres suelas abotinados, para precaverle los cascos”. Lo examinó el maestro López, el mejor albéitar de toda Andalucía, quien recetó -en prevención de que se hiciera alguna rajadura en las pezuñas-, que se les bañasen con vino cocido con piedra alumbre.

La concurrencia fue tan grande a la entrada de esta población, y durante el día que allí se descansó, que Mazarredo ordenó salir a las dos de la madrugada con muchísimo silencio, asegurando el cierre del puente con una partida de tropa para evitar que la expedición fuera seguida por la multitud. Asimismo, en Córdoba el gentío fue inmenso.

Conforme pasaron los días, el animal estuvo más ágil y subió con muy buen paso el Puerto del Rey, que era la comunicación de Andalucía con La Mancha.

En la tarde del 26 de septiembre, la comitiva llegó al Real Sitio de San Ildefonso, donde el elefante fue puesto a presencia del Rey y la Corte con su vestido de gala, conducido por sus cornacas y custodiado por los soldados de los Batallones de Marina con las bayonetas caladas. Efectuó diversas cortesías y se arrodilló ante Carlos III, provocando el asombro de los concurrentes.

Luego fue trasladado al Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial para solaz de sus monjes, y de aquí a Madrid, donde permaneció varios días para que sus habitantes pudieran contemplarlo. Su presencia movió a Ramón de la Cruz a escribir un sainete titulado El elefante fingido, y a Tomás de Iriarte a componer un poema satírico. Finalmente, fue llevado al Real Sitio de Aranjuez y quedó alojado en un corral de la Casa de Vacas.La cuenta de los gastos producidos por el viaje, presentada por Mazarredo, ascendió a 32.576 reales y cinco maravedís de vellón.

El elefante vivió en Aranjuez hasta finales de 1777. A su muerte, el Conde de Floridablanca ordenó a Pedro Franco Dávila, director del Real Gabinete de Historia Natural, que fuera disecado. De la labor se ocupó con excepcional maestría el taxidermista Juan Bautista Bru, una de tantas glorias de la ciencia española prácticamente desconocida. Hoy puede contemplarse en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, sito en la madrileña calle de José Gutiérrez Abascal, en la proximidad del Paseo de la Castellana.

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