Tratado de París de 1898.

El Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, dio por finalizada la Guerra hispano-estadounidense y por él España abandonó sus demandas sobre Cuba, que declaró su independencia. Filipinas, Guam y Puerto Rico fueron oficialmente entregadas a los Estados Unidos por 20 millones de dólares.

Aunque durante las negociaciones España intentó incluir numerosas enmiendas, finalmente no tuvo más remedio que aceptar todas y cada una de las imposiciones estadounidenses, puesto que había perdido la guerra y era consciente de que el superior poderío armamentístico estadounidense podría poner en peligro otras posesiones españolas en Europa y África.

El tratado se firmó sin la presencia de los representantes de los territorios invadidos por Estados Unidos, lo que provocó un gran descontento entre la población de esas excolonias, especialmente en el caso de Filipinas, que acabaría enfrentándose contra los Estados Unidos en la Guerra filipino-estadounidense.

El Tratado de París de 1898 se considera el punto final del Imperio español de ultramar y el principio del periodo de poder colonial de los Estados Unidos.

La Guerra hispano-estadounidense había tenido un desenlace rápido y previsible, debido a la superioridad armamentística estadounidense. A fines de julio de 1898, y todavía en plena guerra, España comenzó a negociar el fin de las hostilidades mediante el embajador francés en Washington D. C., Jules Cambon.

España temía que el conflicto se trasladara al otro lado del Atlántico y se pusieran en peligro las islas Canarias, las islas Baleares y las demás posesiones españolas en el norte de África y Guinea Ecuatorial.

Los miembros de la delegación estadounidense eran: William R. Day, William P. Frye, Cushman Kellogg Davis, George Gray y Whitelaw Reid.

Curiosamente, y en contra de las más elementales normas democráticas, la delegación contaba con tres senadores (quienes lógicamente habrían de votar más tarde a favor de la ratificación de sus propias propuestas).

La delegación española contaba con los siguientes diplomáticos: Eugenio Montero Ríos, Buenaventura de Abarzuza, José de Garnica, Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia, Rafael Cerero, además del citado diplomático francés, Jules Cambon.

Las negociaciones se llevaron a cabo en el Ministerio de Asuntos Exteriores en París. Durante la primera sesión, el 1 de octubre de 1898, los españoles pidieron que antes de ponerse oficialmente en marcha las conversaciones, se devolviera la ciudad de Manila al gobierno español, ya que había sido capturada por los estadounidenses horas después de la firma del protocolo de paz en Washington.

Los norteamericanos se negaron a considerar esta circunstancia.

Durante casi un mes, las negociaciones giraron en torno a Cuba. Los dirigentes de EE. UU. temían que tras la larga campaña propagandística llevada a cabo en los medios de comunicación de EE. UU., la opinión pública se volviera en su contra si hubieran pretendido anexionarse la isla, como hicieron con Puerto Rico, Guam y las Filipinas.

Otro tema que se puso sobre la mesa de negociaciones fue la deuda nacional cubana, que ascendía a más de cuatrocientos millones de dólares.

España se negó a aceptarla, pero al final no tuvo otra opción y la responsabilidad de la deuda tuvo que ser asumida por España.

Tras el final de las conversaciones sobre asuntos cubanos, Estados Unidos también impuso que España entregaría a Puerto Rico y Guam a los Estados Unidos.

Los negociadores se centraron entonces sobre la cuestión de las Filipinas, con los miembros de la delegación española albergando inocentemente la esperanza de ceder sólo Mindanao y las islas de Sulú, manteniendo bajo administración española el resto del archipiélago, algo a lo que los estadounidenses se negaron rotundamente.

Tras un breve debate, la delegación estadounidense ofreció veinte millones de dólares el 21 de noviembre y exigió una respuesta en un plazo de 48 horas.

Eugenio Montero Ríos se sintió insultado y dijo airadamente que él podría responder de inmediato, pero la delegación estadounidense abandonó la mesa de conferencias.

Cuando las dos partes se reunieron de nuevo, la reina María Cristina había telegrafiado ya su aceptación de los términos. Montero Ríos recitó la respuesta oficial:

El Gobierno de Su Majestad, movido por razones nobles de patriotismo y de humanidad, no asumirá la responsabilidad de volver a traer a España todos los horrores de la guerra. Para evitarlos, se resigna a la penosa tarea de someterse a la ley del vencedor, por dura que sea, y como España carece de los medios materiales para defender los derechos que cree que son suyos, se aceptan los únicos términos que los Estados Unidos le ofrecen para la conclusión del tratado de paz.

Se empezó a trabajar en la conclusión del tratado el 30 de noviembre y fue finalmente firmado el 10 de diciembre de 1898.

Ratificación legislativa

El siguiente paso tras la firma del tratado fue la ratificación legislativa. Aunque en Madrid, las Cortes rechazaron el tratado, la Reina Regente procedió a firmarlo, habilitada a tal efecto por una cláusula en la Constitución española.

En Estados Unidos el tratado también encontró una fuerte oposición, ya que según se discutió en el Senado de Estados Unidos, en realidad no hacia otra cosa que oficializar la sustitución de un imperio por otro y violar los principios más básicos de la Constitución de los Estados Unidos, ya que ni el Congreso ni el Presidente tenían el derecho de aprobar leyes que rigen a pueblos colonizados, si los ciudadanos de esos pueblos no estaban adecuadamente representados y participaban en la redacción de esas leyes.

Sin embargo, el polémico tratado fue finalmente aprobado el 6 de febrero 1899 por 57 a 27 votos, tan sólo un voto más de la mayoría de dos tercios necesaria.

Artículos Principales

Artículo I

España renuncia todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba. En atención a que dicha isla, cuando sea evacuada por España, va a ser ocupada por los Estados Unidos, los Estados Unidos mientras dure su ocupación, tomarán sobre sí y cumplirán las obligaciones que por el hecho de ocuparla, les impone el Derecho Internacional, para la protección de vidas y haciendas.

Artículo II

España entrega a los Estados Unidos la Isla de Puerto Rico y las demás que están ahora bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la Isla de Guam en el Archipiélago de las Marianas o Ladrones.

Artículo III

España entrega a los Estados Unidos el archipiélago conocido por las Islas Filipinas, que comprende las islas situadas dentro de las líneas siguientes: (sigue definición de coordenadas del territorio filipino).

Los Estados Unidos pagarán a España la suma de veinte millones de dólares (20 000 000 USD) dentro de los tres meses después del canje de ratificaciones del presente tratado.

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