Real Cuerpo de Caballeros Guardias Marinas (1717).

 

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Una de las muchas e importantes aportaciones de Patiño a la recién formada Marina fue la creación de un centro para enseñanza e instrucción de futuros oficiales, poniendo en ella gran dedicación y afecto.

Hasta entonces éstos solían proceder, bien del Colegio de Pilotos de San Telmo de Sevilla, donde también aprendían disciplinas militares, como Artillería, cuyo autor era el profesor y presbítero Juan Sánchez Reciente, bien de los cadetes de Galeras de Cartagena, llamados Guardias de Estandarte, o bien de escuelas navales extranjeras.

El ministro francés Juan Bautista Colbert crea en 1669 la Compagnie de Gardes Marins, que fue disuelta dos años después.

En 1683 se establecen tres nuevas compañías en Brest, Rochefort y Tolón, cuyas enseñanzas científicas estuvieron a cargo de los jesuitas hasta su expulsión en 1762. Uno de nuestros almirantes, Blas de Lezo, nacido en Pasajes, finalizó en 1701 en Francia los estudios de oficial de Marina.

Allí recibían una instrucción que se basaba en una sólida formación teórica, al contrario que los ingleses, que formaban a sus oficiales desde niños con la enseñanza predominantemente práctica de avezados marinos.

Patiño pensó que los jóvenes aspirantes a oficial de Marina debían de proceder de la nobleza, utilizando para su formación un sistema mixto entre el francés de los Gardes marins y el inglés de los midshipmen, que conjugasen las enseñanzas teóricas indispensables para navegar con la práctica de hacer hombres de mar, a la vez que se les inculcaba espíritu de cuerpo y amor a la patria.

Para ello redactó Patiño Las ordenanzas e instrucciones que se han de observar en el cuerpo de la Marina de España, de fecha 16 de junio de 1717, conocidas por las Ordenanzas de Patiño, que fueron reimpresas por el impresor mayor del Reino, Gerónimo Peralta, en Cádiz.

El capítulo VI de dichas ordenanzas se refería concretamente a los cadetes o guardiamarinas. En su artículo 16 se decía, que para ingresar como guardiamarina, los aspirantes habrían de tener la calidad de hijodalgo o hijo de militar con empleo superior a capitán. Esta cualidad también se exigió posteriormente en 12 de marzo de 1738, para ingresar en el Ejército como cadete.

El Conde de San Vicente, en 24 de marzo de 1783, funda en Portugal la Companhia de Guardas Marinhas, acogiéndose a un sistema intermedio entre el seguido por Francia, Inglaterra y España, que duró muchos años.

Fundación en Cádiz.

Hay quienes afirman que la Academia de Guardias Marinas se fundó en 1716, y quienes opinan que fue en ese año cuando se dictó la disposición que creaba el cuerpo; y que dicha fundación no se llevó a cabo hasta 1717.

Existe constancia de que a fines de 1716 su creación estaba decidida, pues ya los distintos delegados de las provincias marítimas habían recibido instrucciones sobre la forma de elección de los futuros alumnos.

En la sección de Manuscritos del Museo Naval figura una carta del Príncipe de Campo Florido, comandante general de la provincia y capital de Guipúzcoa, fechada el 28 de noviembre de 1716, animando a la juventud a incorporarse al servicio de la Armada, ya que el Rey había determinado establecer este importante cuerpo.

Agregaba que la carrera habría de ser de las más sobresalientes en el ramo de las Milicias, pues serían sujetos distinguidos los que ingresasen en ella. Patiño, al dar cuenta al ministro D. Andrés de Pes en 13 de abril de 1717 de su formación, dijo que eran mozos de presencia y propicios a alimentarse de gloria.

Fue establecida en el Departamento Marítimo de Cádiz, fijando su sede en varias casas contiguas al Ayuntamiento, que se alquilaron para tal fin, enclavadas en el tranquilo y aristocrático entonces barrio del Pópulo.

La institución comprendía dos estructuras. Una docente (academia) y otra militar (compañía). En la primera radicaba la enseñanza con sus clases, biblioteca y armeros, que se instaló en un caserón de D. Juan de Villavicencio, perteneciente a la nobleza, y a una familia en la que figuraron varios regidores de Cádiz, y que se había afincado en Jerez; y la posada o cuartel, que empezó a funcionar algo más tarde, por lo que en un principio no se alojaban todos juntos, y por motivos particulares, falta de habitaciones u otras causas, se les permitía vivir en casas de parientes o en otras, encargándose a uno de los oficiales de la Academia que informase de su modo de vivir, visitándoles las veces que juzgase conveniente.

Al objeto de dar cabida en la posada a todos los alumnos, se alquilaron unas casas más de los Villavicencio, pertenecientes a Dª. Melchora, marquesa del mismo apellido, que habían pasado de esta familia al Conde de Alcudia.

El Ayuntamiento, en 8 de marzo de 1717, unas semanas antes de la apertura de la Academia, cedió algunas habitaciones contiguas a la Cárcel Real que habían servido de vivienda a los Corregidores, para comunicarlas con las de los Villavicencio, donde, según el escrito de Patiño, «S. M. piensa se alojen los guardiamarinas que se piensan crear.»

En estas habitaciones citadas y por detrás de la cárcel, se instaló la vivienda del capitán de la Real Compañía, que fue la denominación que se dio a la agrupación de los cadetes.

Con el tiempo y a medida que aumentaba el número de alumnos hubo otras ampliaciones. En 1754 se ocupó otra casa también de los Villavicencio y a la que llamaban casa del canónigo, por haber vivido en ella tiempo atrás un miembro de esta familia, D. Rodrigo, deán de la catedral.

Todas estas casas alquiladas por la compañía, dieron lugar a que la calle donde estaban situadas se conociera como la de la Posada de la Academia.

Además del profesorado contaba la Academia con profesores civiles, a los que se denominaba maestros. Muchos de estos eran pilotos de prestigio. Como en toda convivencia humana, hubo roces entre los maestros y los militares, algunos de los cuales tuvo que resolver Patiño.

Aquellos alegaban su condición civil para no verse obligados a obedecer en muchas cuestiones.

La Asamblea Amistosa Literaria, asociación creada a mediados de 1983 en evocación de la que con el mismo nombre fundó Jorge Juan a principios de 1755, colocó el 16 de noviembre de 1984, en la fachada lateral del Ayuntamiento que da a la calle San Antonio Abad, una lápida indicando el lugar donde estuvo situada la casa de Jorge Juan cuando fue capitán de la Compañía de Guardias Marinas.

En el mismo año de la fundación de la Real Compañía, y por influencia cerca de Patiño del insigne marino gaditano D. Andrés de Pes, Felipe V, por Real Cédula firmada en Segovia el 12 de mayo, dispuso el traslado a Cádiz de la Casa de Contratación y el Consulado de Indias de Sevilla, que radicaban en esta capital y se regían por ordenanzas firmadas en Alcalá de Henares por los Reyes Católicos el 20 de marzo de 1503. El cometido de dichos organismos era dar mayor impulso a las expediciones ultramarinas.

Al parecer, la inauguración de la Academia fue a primeros de mayo de 1717, ya que el contrato que firmó Patiño con Carlos Aucardo, sastre de la calle Nueva, especifica que los doscientos cuarenta uniformes de los cadetes, más los de los músicos, debían estar terminados para finales de abril.

El 7 de febrero de 1717 ya se contaba con los 37 primeros futuros alumnos. La mayor parte eran vascos y habían embarcado en Pasajes en los navíos San Luis, San Fernando, San Pedro y San Juan Bautista, arribando a Cádiz el 13 de mayo, lo que hace pensar pudiesen iniciarse las clases el día 15.

El Cuerpo de Guardias Marinas estaba considerado como tropa de la Casa Real, y se le tenía como sucesor de los Guardias de Estandarte o Cadetes de Cartagena, como quedó dicho.

Los empleos de capitán, teniente y alférez de la Compañía eran desempeñados como sigue: capitán, un jefe de escuadra, teniente general o brigadier y en algunas ocasiones, capitán de navío. Teniente, un capitán de fragata o teniente coronel, y alférez, un teniente de navío o capitán.

El primer capitán de la Compañía fue el brigadier D. Luis Dormay. Para teniente se designó a D. José Marín, que estuvo muchos años destinado en la Academia y alcanzaría el empleo de teniente general y que entonces era capitán de Caballería; y para alférez, al capitán de Granaderos D. Juan José Navarro, recién incorporado a la Marina y que más tarde, como es sabido, por sus destacados servicios, sería el primer Marqués de la Victoria.

Algo después fueron nombrados dos oficiales más, D. Guillermo Bustamante y D. Agustín Arredado. En 1 de enero de 1718 se añadirían otros dos: D. José Paventest y D. Gaspar de Evia y Valdés, así como un capellán. El piloto mayor de la Carrera de Indias, D. Pedro Manuel Cedillo Rujaque, fue nombrado jefe de estudios.

Escribió, para uso de los alumnos, un «Compendio del Arte de la Navegación», que se imprimió en Sevilla en 1717.

Una Real Orden de 18 de septiembre de 1719 disponía que los oficiales de las Compañías de Guardias Marinas disfrutasen las siguientes consideraciones: de coronel, el capitán, si no tuviese mayor grado; de teniente coronel, el teniente, y de capitán, el alférez.

El primer guardiamarina de los inscritos fue D. Esteban Reggio y Gravina, Príncipe de Yache, el 7 de febrero de 1717.

La banda de música con que contaba la Compañía era muy popular en Cádiz. Los conciertos que ofrecían en el Ayuntamiento con ocasión de las proclamas reales corrían a cargo de ella.

El uniforme era muy parecido al del Cuerpo General. Consistía en casaca de paño azul fino, forrado en sarguilla roja; vueltas de grana, pequeños ojales de oro hasta la cintura, en ambos lados, con tres alamares de oro a cada lado y atrás en la cintura; otros tres en los golpes de oro; y en cada manga, sobre la divisa, otros tres con los botones de oro correspondientes.

La chupa era de escarlata fina con ojales de oro sólo a un lado, y al otro, botones de lo mismo; y el forro, como el de la casaca. Los calzones eran azules, del mismo paño de la casaca, forrados en lienzo; las medias rojas y el sombrero de medio castor. Se distinguía del que usaba el Cuerpo General por ser el galón que bordeaba la casaca, chupa, bocamanga y sombrero, más estrecho. Se diferenciaba del de los Guardias de Corps, en que el galón mosquetero era dorado y plateado el de éstos.

También usaban un casacón para la mar, siempre que se hallasen embarcados. Era de paño ordinario azul o de barragán, con botones de lo mismo hasta la cintura y cerrada la vuelta de la manga; forrado en sarguilla roja la mitad de los cuartos delanteros de arriba a abajo, al objeto de preservar de las lluvias la casaca de uniforme.

Para el ingreso en la Academia sólo se exigía, en un principio, examen de las cuatro reglas y no exceder de dieciocho años de edad. Los que no poseían antecedentes de nobleza y tenían alguna más edad, podían ingresar como, aventureros -algo parecido a un marinero distinguido, aunque se incorporaban al mismo régimen de estudios y formación que los guardiamarinas.

Como aventureros ingresaron marinos tan insignes como el teniente general D. Antonio Ulloa compañero de Jorge Juan, el jefe de escuadra D. Santiago Liniers; el que fue en varias ocasiones ministro de Marina, D. Francisco de Paula Pavía, autor de las conocidas obras Historia General de la Marina Española y Galería biográfica de los Generales de Marina, y otros muchos más.

Sin embargo, con respecto a la edad de ingreso, hubo excepciones, pues entre los incorporados en las dos promociones de 1717, alguno contaba 24 años, y el primero de los que ingresaron en 1718, D. Félix de Dicastillo, tenía 26 años. Por cierto, este alumno embarcó en el brulote Castilla en funciones de alférez de fragata, siendo el primero de los guardiamarinas que desempeñó este empleo.

El ingreso en la clase de aventurero fue suprimido en 7 de marzo de 1824.

El plan de estudios comprendía una formación teórica, dividida en semestres, y otra práctica en los buques. En el primer régimen de estudios de la Academia, cursaban las siguientes materias: Aritmética, Álgebra, Geometría, Trigonometría, Cosmografía, Náutica, Fortificación, Artillería teórica y práctica, Armamento, Evolución Militar, Construcción Naval, Maniobra de naos, Música, Esgrima y Danza. Este plan de enseñanza regiría hasta 1734.

En principio la Real Compañía debía contar con 158 cadetes, entre los que habría un determinado número de brigadieres y subrigadieres, como alumnos aventajados. Posteriormente sufrió algunas variaciones.

Percibían de sueldo los guardiamarinas 15 escudos de vellón al mes.

Los candidatos a plazas de guardiamarinas, una vez examinados, pasaban unos a la Academia, mientras otros embarcaban en las distintas unidades, tomando parte en las campañas en las que éstas intervenían, en las que muchos murieron y otros cayeron prisioneros.

En 1717, año de su creación, ingresaron en la Academia dos promociones, de las que un centenar formó parte de la primera expedición del cardenal Julio Alberoni, ministro de Felipe V, confiada al Marqués de Man, que fue su capitán.

En esta acción cooperaron los guardiamarinas junto a las tropas de la Casa Real, con las Reales Guardias Españolas y las Valonas, en la campaña de Cerdeña. El tiempo de embarque de estas dos promociones duró unos seis años, siendo promovidos a oficiales a los nueve años de su incorporación a la Academia.

D. Juan José Navarro prestó tales servicios a la Academia desde que fue nombrado alférez, en 1 de mayo de 1717, que cuando, en 31 de octubre de 1719, se le concedió la distinción de teniente coronel de Infantería, siguió en la compañía desempeñando todavía el puesto de alférez.

Decía la disposición que le autorizaba a continuar en su puesto: En contemplación a su mérito personal, y no por establecimiento del empleo de alférez, ya que sólo debía tener el grado de capitán, como estaba ordenado.

Las Ordenanzas de Patiño tratan, en capítulo VI. «De los cadetes o guardia marinas», y dice: Los cadetes embarcados, se deben principalmente considerar como gente de guerra y parte principal de la que guarnece los navíos; y, consiguientemente, deben ejecutar lo mismo, que los soldados que se hallen en ellos en lo tocante a guardias, con la sola diferencia del paraje, y forma con que se les mandará ejecutar por los capitanes de los navíos.

Los cadetes, durante el tiempo que se mantuvieran en la mar, deberán tener, según S. M. ha dispuesto, además de su sueldo, una ración y media de harina; y los comandantes señalarán su alojamiento en catres, que se hallarán a este fin destinado en los navíos y dispondrá que se pongan en el paraje más decente, según permitiese la calidad del navío o fragata, que ordinariamente será bajo el alcázar, principiando al más antiguo inmediato a la cámara, como asimismo, que puedan colocar su ropa en parte más segura y resguardada.

Los guardiamarinas, para hacer prácticas, asistían a la carena de los navíos que se realizaban en los astilleros de Puntales, Puente Zuazo y caño de La Carraca.

El 13 de agosto de 1776 se establecerían Academias de Guardias Marinas en los otros dos Departamentos Marítimos, Ferrol y Cartagena.

A estos centros acudieron muchos jóvenes españoles y también extranjeros. De ellos sólo citaré dos, que por sus sobresalientes méritos figuran en el Panteón de Marinos Ilustres: El Capitán General Federico Gravina, de Palermo, héroe del combate de Trafalgar, y el francés, Santiago Liniers, jefe de escuadra que reconquistó Buenos Aires del poder de los ingleses, rechazando un ejército de doce mil hombres, que pretendían de nuevo apoderarse de la plaza.

Poco después de establecida la Academia, el Zar Pedro el Grande de Rusia envió a Cádiz 22 jóvenes aristócratas con objeto de formar la plantilla de la Armada de su país. Fueron dados de alta en la Academia el 15 de agosto de 1719.

No les fue bien en la Academia a los rusos. El desconocimiento de nuestro idioma les hacía muy difícil el aprendizaje en los estudios, por lo que insistentemente pedían se les embarcase.

Uno de los alumnos, Alejo Boloselski, falleció a los nueve días de iniciar el curso y fue enterrado en el Hospital del Rey, que por entonces dependía de Marina. Otro sufrió enajenación mental, siendo apartado de los estudios. Fueron repatriados el 28 de febrero de 1720.

Los veinte restantes servirían posteriormente en las fuerzas armadas de otros países: quince en Irlanda y cinco en Holanda. Cuatro de ellos llegaron al almirantazgo y dos a brigadieres del Ejército de Tierra.

También se instruyeron en estas Academias, jóvenes hispanoamericanos en número aproximado de 180, muchos de ellos hijos de españoles desplazados a aquellas tierras con ocasión de destino, o hijos de españoles que habían contraído matrimonio con nativas. Otros procedían de la oficialidad del Ejército Español, nacidos en Ultramar.

Cuba, Argentina, Perú, Colombia, Méjico, Venezuela, Guatemala, Chile, Bolivia, Santo Domingo, Uruguay, Puerto Rico, Ecuador y Honduras enviaron a España grupos selectos de sus juventudes, que deseaban dedicar su vida a la Armada. De Filipinas llegaron cuatro. El mayor contingente vino de Cuba, de donde procedía casi medio centenar y otra cuarta parte del centenar llegó de Argentina.

El guardiamarina sevillano Juan Manuel Negrete Alcántara, a quien se le había concedido el ingreso en 6 de abril de 1717, falleció el 30 de noviembre siguiente, mientras cursaba los estudios, siendo inhumado en la iglesia catedral gaditana.

La Academia tenía imprenta propia, que presentaba los trabajos más cuidados de la época. Más tarde imprimiría obras tan conocidas como el «Compendio de navegación para el uso de los caballeros guardiamarinas», de Jorge Juan; «Aritmética», por su profesor Luis Godin; «Geometría y Trigonometría rectilínea», de Vicente Tofiño; «Artillería», de Francisco Javier Rovira, etc.

En 1790 -ya la Academia en la Isla de León- Mazarredo publicaría sus «Lecciones de navegación».

El 2 de marzo de 1728, los Reyes Felipe V e Isabel de Farnesio, visitan Cádiz. Desde el balcón del Ayuntamiento presencian una parada militar. La Compañía de Guardias Marinas formaba con otras fuerzas, a la derecha de la guarnición, en las Puertas de Tierra y durante el desfile, realizaron evoluciones y ejercicio de manejo de armas.

El profesorado civil de la Academia lo regía un director con los maestros necesarios, incluidos los de idiomas, música, danza y esgrima, casi todos escogidos del claustro del Real Seminario de San Telmo. Los maestros de la Academia influyeron en sobremanera en la cultura gaditana, su prestigio les hacia intervenir en múltiples asuntos afines y aún ajenos a sus disciplinas, y así vemos que fue el maestro de matemáticas D. Francisco del Orbe quien falló en definitiva el concurso de proyectos de la catedral nueva, eligiéndose el del arquitecto Vicente Acero.

El 9 de noviembre de 1768, Tofiño, en unión del Capitán de Fragata Juan Lombardón, interviene en un certamen literario de Rosario Cepeda, hija de un regidor perpetuo de la ciudad. El Ayuntamiento de Cádiz, que conocía bien el pluralismo cultural de Tofiño, le encarga el 22 de junio de 1771, una detallada información sobre un proyecto de alcantarillado y saneamiento de la ciudad.

Las Actas Capitulares de Cádiz contienen muchos informes de Tofiño y del maestro de idiomas José Carbonell Fogassa, bibliotecario de la Academia, buen matemático y excelente humanista.

La Posada tenía pared medianera con el Ayuntamiento, por cuyo uso se entabló pleito con el Conde de Alcudia, hasta que por un reconocimiento pericial se demostró que formaba parte de la antigua muralla, propiedad, por tanto, de la ciudad.

Veamos sucintamente cuál fue el destino del primer centro docente naval castrense de España. A finales de 1770, al haber aumentado la guarnición de Cádiz, es habilitada la Academia para alojar tropas. Al quedar desocupada fue arrendada a un particular D. José González Pisón, según consta en el folio 470 del Libro de Cabildos de 1788. Este elevó queja al Ayuntamiento, porque con 6.000 reales de alquiler, la Condesa de Alcudia lo quiso elevar a 18.000.

La posada de la Academia se conoció más tarde como Posada del Caballo Blanco, por estar instalada en ella un teatro para aficionados, que llevaba aquella denominación.

Al objeto de ampliar el edificio, el Ayuntamiento adquirió a fines de 1861 la Academia, que era contigua, y posteriormente la posada, parte de cuyo solar fue destinado a vía pública. Finalizaron las obras en 1864.

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