Real Fábrica de Hoja de Lata (1727-1788).

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La Fábrica de hojalata de San Miguel fue el primer alto horno de los doce que se levantaron en España durante el siglo XVIII y la quinta fábrica española de fundición.

Su construcción se inició en 1727, en la pequeña localidad de Júzcar (Serrania de Ronda – Malaga).

Se eligió este rincón por su riqueza maderera, indispensable para obtener el carbón vegetal que se empleaba en la fundición, por la existencia de minas de hierro superficiales (por ejemplo, la mina de los Perdigones) y por la posibilidad de aprovechar la pendiente y el agua del río Genal para mover las ruedas de la maquinaria.

Además la situación alejada de esta fábrica se consideró también una ventaja para proteger el “secreto” de la fabricación de la hojalata, aunque este factor pronto se convirtió en un grave inconveniente.

Croquis aproximado de disposición de las ruinas
Fuente: “Notas para una historia de la Siderurgia española”, de Joaquín Almunia y de León. (Boletín del Instituto del Hierro y del Acero. Año 4. N.2 Abril-Junio 1.953)

La fábrica comenzó a producir a mediados del año 1731. En la lápida del frontón de entrada aparecía el escudo con las armas reales y en su interior la inscripción:

REAL FABRICA DE HOJA DE LATA, REYNANDO EN ESPAÑA LOS SIEMPRE INVICTOS MONARCHAS, Y CATHOLICOS REYES D. PHELIPE QUINTO, Y DOÑA ISABEL FARNESIO, SE DIO PRINCIPIO A ESTA REAL FABRICA DE HOJA DE LATA, Y SUS ADHERENTES, JAMAS VISTA EN ESPAÑA, SIGILADO ESTE SECRETO SOLAMENTE EN ALEMANIA, DEBIENDO SU PERFECCION A LA REAL JUNTA DE COMERCIO, Y A LA PROTECCION DEL EXCMO. SEÑOR DON JOSEPH PATIÑO, DEL CONSEJO DE SU MAGESTAD EN EL DE ESTADO, PRESIDENTE DE DICHA REAL JUNTA DE COMERCIO, SUPERINTENDENTE GENERAL DEL REYNO, PRESIDENTE DEL REAL CONSEJO DE HACIENDA, SECRETARIO DEL DESPACHO UNIVERSAL.

La fábrica se configuraba como un pequeño pueblo, constaba de varias fraguas o forjas para el afino o para la transformación del lingote de arrabio en hierro dulce, martillos para la fabricación de la chapa, almacenes, hornos, caballerizas, taberna, carnicería, capilla, tiendas….. Además existía un “cuarto secreto” donde se realizaba el proceso de estañado (recubrir el hierro con una fina capa de estaño para evitar que se oxidase).

Contaba además con una eficaz estructura que dividía el trabajo en varias zonas llamadas “plazas”, intentando crear un modelo de fábrica que sirviera de referencia en el futuro.

En la Plaza de San Miguel, se encontraban la mayoría de los pabellones de los obreros, la iglesia en el centro y los talleres de estañado y laminación.

La plaza de Santa Bárbara era el “corazón” de la fundición propiamente dicho, allí estaba la herrería, el horno y la casa del fundidor. Además, constaba de zona para los arrieros, carnicería, tienda y taberna.

Por último, la Plaza de San Eloy contaba con otros pabellones para los obreros, almacén de carbón y hierro, contaduría y horno de pan.

Se trataba de una producción con un proceso absolutamente integral: desde el lavado del mineral hasta la terminación y embalado de la producción (al principio unas dos toneladas diarias, reduciéndose posteriormente).

Para poder distribuir la producción fue necesario construir una vía de acceso desde Estepona a través del Jardón y el puerto del Chaparral, un trazado casi impracticable ya que había que dar numerosos rodeos para subir (aunque no para bajar), atravesando zonas con una gran densidad de árboles. En principio se utilizaron mulas para el transporte de la mercancía, pero pronto tuvieron que ser sustituidas por camellos solicitados al Real Sitio de Aranjuez, más adaptados y resistentes para llevar grandes cargas (la tasa de mortalidad de las pobres mulas era elevadísima).

Domingo de Orueta, en 1917, casi dos siglos después de la construcción de la fábrica en Júzcar, escribía en su obra Estudio Geológico y Petrográfico de la Serranía de Ronda, los siguientes apuntes sobre las comunicaciones en la sierra:

Cita
“… de los quince pueblos que hay en el valle del Genal, nueve de ellos no han visto nunca una rueda; esto es, jamás ha llegado a ellos, porque no puede llegar, no ya un coche, sino ni un carro, ni aun los más toscos y sencillos. No existen carreteras ni caminos, sino veredas tortuosas y estrechísimas de pendientes extraordinarias, nunca reparadas, que suben y bajan por aquellos montes, del todo indiferentes a la curva de nivel. Para ir de Ronda o de la costa a cualquiera de estos pueblos, es preciso cabalgar horas y horas sobre un mulo o un caballejo del país, y precisamente del país: que sólo las caballerías criadas en él son capaces de cortar los malísimos y peligrosos pasos de tales veredas…”

La factoría tuvo una plantilla de personal fijo de unas 48 personas, incluyendo un capellán que hablaba español, alemán y francés, ya que gran parte del personal (junto con sus familias) era extranjero.

El personal eventual oscilaba en torno a unas 89 personas, aunque estas cifras variaban según las circunstancias de la producción (llegaron a tener 200 operarios). Entre el personal eventual eran muy importantes los arrieros, que se encargaban de suministrar el mineral y la leña, además del transporte de lo producido.

La fábrica en sus inicios necesitó de operarios especializados para la elaboración del producto, pero se trataba de una técnica pionera que no se utilizaba aún en España, por este motivo tuvieron que contratar una treintena de técnicos alemanes al mando de dos ingenieros suizos, Pedro Enrique Meuron y Emerico Dupasquier.

Cuenta la “leyenda” que estos trabajadores tuvieron que salir del país escondidos en toneles, ya que estaba prohibida su contratación en aquella época, precisamente para “preservar los secretos de la industria” y evitar la competencia. Estos alemanes han dejado su huella en la comarca ya que es normal encontrarnos con rubios de ojos azules por esta zona, seguramente descendientes de estos extranjeros, pero ya totalmente integrados en el lugar.

La fábrica gozó de gran cantidad de privilegios: comerciales, relacionados con impuestos y aranceles, libertad para cortar leña, via libre para el aprovechamiento del agua con la que hacer funcionar la maquinaria, etc….. De hecho en una época de extrema persecución religiosa, otro de los privilegios “curiosos” concedidos a los extranjeros era que no serían molestados por su religión.

Felipe V concedió a la Fábrica de San Miguel, el monopolio en la fabricación de hojalata en España durante quince años.

Pero la duración de las actividades no se extendió demasiado en el tiempo. El fracaso estuvo motivado por la escasez de agua producida en los periodos de sequía. Esto, además de dificultar el funcionamiento de las ruedas, ocasionó grandes protestas de los campesinos que se veía limitados a la hora de regar.

Por otro lado, sólo en parte la hojalata vendible era de buena calidad y la gran dificultad para transportar las materias primas, el combustible y la producción acabaron provocando el abandono de los accionistas o la cesión de participaciones de la empresa hasta su cierre definitivo.

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Juan José Moretti, en su “Historia de Ronda” indica que en 1788 ya no funcionaba, realizándose un nuevo intento en otra fundición localizada en Cortes aprovechando el caudal del río Guadiaro (bastante mas regular), aunque funcionó poco.

Finalmente se construyó una nueva fábrica en Fontameña (Asturias) en 1804.

Si nos centramos en el aspecto medioambiental decir que el uso de carbón vegetal como combustible provocó una intensa deforestación. Encontramos una “queja formal” de los campesinos de Igualeja de aquella época ya que

Cita
“los castañares no producen nada a sus dueños porque se talan los árboles para hacer carbón para la Real Fábrica de Hojalata, en virtud da la facultad que por decreto concedió Su Majestad”

(el Real privilegio firmado por Felipe V el 18 de octubre de 1726 daba libertad para el corte de leñas).

Además, según un relato de Rivera Valenzuela, Comisario del Santo Oficio de la Inquisición, en su obra de 1766 “Diálogos de memorias eruditas para la historia de la nobilísima ciudad de Ronda”, en las Sierras de Cartajima

Cita
“el hierro y el fuego han limpiado en varias partes más de quatro leguas, con pérdidas de dos millones y medio de árboles; acuérdome haver hecho de Fiscal en la causa fulminada contra un carbonero, que en distintas ocasiones él solo havía cortado en el Risco de Cartaxima más de treintamil encinas albarranas frutales.”

Actualmente la antigua fábrica se encuentra dentro de una finca particular situada junto al río, el lugar que hoy se conoce como finca la Fábrica y está siendo restaurada de forma parcial.

La hojalata es una chapa de hierro que se estaña por ambas caras para protegerla de la corrosión. Se usa muchísimo en la industria conservera y en la fabricación de útiles domésticos.

Su proceso de producción consiste en obtener chapa en caliente, tan delgada como se desee, que a continuación se somete a un proceso de desoxidación, sumergiéndola en un baño ácido o, modernamente, en cloruro de cinc.

Tras un nuevo proceso de laminación en frío, pasa finalmente, por unos baños de estaño fundido para su protección. Parece ser que la fabricación de hojalata se inició en Bohemia, en los Montes Metálicos (Krusné Hory).

Muy posteriormente, a principios del siglo XVII, se consiguió elaborarla en Sajonia al obtenerse el secreto del proceso de producción.

A finales de este mismo siglo, Inglaterra comenzó también a desarrollar esta industria, llegando en 1730 a conocer el secreto de su fabricación. Por estos años se consiguió igualmente la obtención de hojalata en la fábrica de Ronda.

El rey Felipe V, mediante una real cédula de 30 de marzo de 1726, concedió a Pedro Enrique Meurón y Compañía la autorización para establecer una fábrica de hojalata en Júzcar, cerca de Ronda, después de demostrar …hallarse con la habilidad y sabedor del secreto de blanquear el hierro blanco que llaman hacer hoja de lata, ignorado hasta ahora en estos Reinos… asegurando las personas inteligentes que lo reconocieron ser su hoja de lata más fina que la que venía de Alemania y otras partes.

Además Meurón se comprometía, por su parte, a enseñar y manifestar por escrito y obra el secreto de hacer la hoja de lata. Estas disposiciones se facilitaron al objeto de que la fábrica de hoja de lata de San Miguel pudiese tener la seguridad de recuperar la gran inversión que requirió su establecimiento y asegurar así su continuidad.

Con esto se pretendía, lógicamente, evitar la dependencia del extranjero para el suministro de este producto, cuya adquisición suponía al Reino unos 28 millones de reales al año.

Las personas que acometieron esta iniciativa fueron los suizos Pedro Enrique Meurón y su socio Emerico Dupasquier, que trajeron desde Sajonia a monsieur Ployer, que era quien conocía el secreto del proceso de la obtención de la hoja de lata.

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El lugar elegido para construir la fábrica fue el término de Júzcar, junto al río Genal, afluente del Guadiaro, donde se disponía de ingentes masas forestales para obtener carbón, de agua abundante para obtener la energía para el proceso y de minas de hierro en sus proximidades.

También fue un factor determinante la proximidad del puerto de Estepona, para poder disponer de un punto logístico desde donde poder distribuir fácilmente la mercancía manufacturada.

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