El fusil de avancarga.

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El fusil es el arma de la infantería de línea.

Un fusil es un arma de 1,5 m. de largo y de 4,5 a 6 kg. de peso, de ánima lisa, de avancarga (carga por la boca), que utilizaban pólvora negra, con sistema de disparo de llave de chispa.

Este mecanismo consiste en una pieza denominada pie de gato o martillo, que sostiene por medio de una prensa una piedra de sílex o pedernal, que al raspar, impulsado por un muelle, sobre una superficie plana denominada rastrillo, produce chispas que encienden una pólvora de grano fino contenida en un receptáculo denominado cazoleta; éste fuego, a su vez, se transmite por intermedio de un orificio llamado oído al interior del cañón y enciende la carga de pólvora de grano más grueso que produce el disparo del arma.

Proceso de carga del mosquete

Para cargarlo había que realizar una maniobra de veinte movimientos consecutivos, y requería durante la instrucción de los reclutas, la repetición de estos hasta que pudieran ser realizados instintivamente en medio de la tensión y confusión del combate.

El soldado montaba el arma, descubriendo la cazoleta de la llave de chispa; luego extraía de una cartuchera colgada en bandolera un cartucho (llevaba unos treinta); éste se componía de una bolsita cilíndrica de papel que contenía entre 12 y 15 gr. de pólvora negra y una bala esférica de plomo de unos 30 gramos de peso y unos 17,5 mm. de calibre (diámetro), y le quitaba la tapa con los dientes.

A continuación, ponía horizontal el fusil y depositaba una pequeña cantidad de la pólvora del propio cartucho en la cazoleta, que se cubría con el rastrillo para evitar que se derramara, introducía el resto en el fondo del cañón con ayuda de una baqueta.

Luego escupía la bala (que mantenía en la boca con la tapa del cartucho) dentro del cañón y volvía a utilizar la baqueta para apretar el proyectil contra la carga de pólvora.

Al accionar el gatillo, una chispa encendía el explosivo de la cazoleta que, a su vez, detonaba la del cañón.

Tomaba por lo menos un minuto recargar el arma después de cada disparo y los soldados tenían que estar de pie para recargar.

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Fallos en el proceso de carga

Muchas cosas podían ir mal en este proceso de carga, sobre todo si el soldado no estaba bien entrenado.

Podía, por ejemplo, derramar la pólvora de la cazoleta, con lo que las chispas del pedernal no tendrían donde prender; podía, en la confusión del combate, meter dos o más cartuchos, y reventar el cañón; podía -y esto era frecuente- olvidarse de sacar la baqueta, y dispararla junto con la bala, con lo que el fusil quedaba inutilizado.

Por eso se exigía siempre reintroducir la baqueta en el baquetero a cada disparo, pues si se clavaba en el suelo un súbito movimiento de la unidad podía hacer que se olvidara. Además de los errores, los fallos mecánicos eran frecuentes: si el tiempo era lluvioso, el pedernal podía no inflamar la pólvora húmeda; si el sílex no estaba adecuadamente tallado o colocado no saltarían chispas; el oído, muy estrecho, podía obstruirse…

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Problemas que daban los mosquetes

La pólvora negra que se utilizaba quemaba mal, dejaba escapar nubes de humo que denunciaban dónde se hallaba el tirador y con los restos de la combustión y del papel de los cartuchos, el cañón acababa por obstruirse.

En estas condiciones, el disparo fallaba una de cada seis veces en condiciones ideales, y una de cada cuatro o peor en tiempo húmedo o en combates prolongados.

Los frágiles cartuchos de papel absorbían la humedad.

Aún con tiempo seco fallaban tres de cada diez tiros.

Además, el retroceso era brutal y podía dislocar el hombro: algunos soldados derramaban algo de la pólvora del cartucho, lo que disminuía el retroceso, pero acortaba drásticamente el alcance. Por todo ello era tan importante la primera descarga, cuando los fusiles estaban limpios, bien cargados, y no había humo que limitara o impidiera ha visibilidad.

El ánima lisa y la forma irregular del proyectil convertían el mosquete en un arma de tiro poco certero y las armas eran lentas y difíciles de manejar.

Eficacia del fusil

La eficacia real de un fusil era relativa. Carente de rayado en el ánima, los mosquetes no llevaban nada que permitiera tomar puntería, la muesca metálica que presentan la mayoría sobre el cañón solo sirve para enganchar una bayoneta de unos 40 cm. de largo.

A los reclutas no se les instruía para hacer blanco apuntando, simplemente orientaban el mosquete en la dirección general del enemigo y disparaban a bulto, la trayectoria de la bala era imprecisa y en condiciones de combate era imposible apuntar bien.

Aunque el alcance teórico efectivo era de unos 200 metros, a más de 75 el tiro individual suponía desperdiciar munición.

A más de 200 metros, el fuego de fusilería normal era ineficaz incluso en descargas masivas.

La única forma de asegurar una cierta eficacia era agrupando una gran densidad de fusiles en un frente reducido, disparar en descargas lo más cerradas posible y a la menor distancia que permitieran los nervios de los soldados: “cuando se vea el blanco de sus ojos”, decían sus oficiales, indicando más o menos la distancia a la que se debía disparar para conseguir un disparo útil y certero.

Esta es la otra razón para las cerradas formaciones del siglo XVIII y principios del XIX: asegurar una cierta eficacia en el tiro de un arma inherentemente imprecisa.

Se calculaba que sólo de un 0,2% al 0,5% del total de balas disparadas en una batalla daba en algún blanco, y que para matar a un hombre era necesario “dispararle siete veces su peso en plomo”. Sólo por esa ineficacia podían tener ciertas garantías de avanzar y sobrevivir las compactas formaciones tácticas del período.

Recuerdese que en las batallas terrestres se marchaba marcando el paso, con las banderas ondeando al frente, con música de tambores y pífanos y que los uniformes de los ejércitos eran de lo más llamativos, siendo así que a las tropas inglesas en la Guerra de la Independencia Americana les llamaban “los casacas rojas”.

El gran calibre (unas seis veces mayor que el moderno), peso y maleabilidad de las balas de plomo, unidos a la baja velocidad del proyectil (unos 320 m/s.), hacían que este arma tuviera un gran poder de detención y que causara heridas terribles.

Además, los bajos niveles higiénicos, la práctica inexistencia de servicios médicos competentes y la inexistencia de antibióticos hacían que cualquier herida resultara peligrosa, por leve que fuera, y que la amputación de miembros sobre la marcha fuera el tratamiento de urgencia usual.

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