Toma de Puerto Real – 04.02.1810.

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Sobre un terreno llano, rodeada de árboles frutales y de huertos en tanta extensión que sobraba incluso para exportar a Cádiz y San Fernando, aparecía la villa de Puerto Real.

Suertes de olivos, aunque con una aceituna endeble, no capaz para buenos aceites, y con una producción de legumbres y trigo justa para el consumo, se mostraba como una ciudad hermosa, envuelta en una luz única.

Los molinos de Ossio, de Don Blas y Guerra, movidos por las aguas saladas de los caños, competían en la molienda con el de la Goyena, más cerca del pinar y acogido a las aguas del río San Pedro.

La vista desde los Carretones, en el camino del arrecife hacía el Puerto de Santa María, impresionaba por la magnitud y esplendor de la distancia, tan cerca, al frente, la Carraca y la Isla de León, y en la lejanía, Rota y El Puerto.

Los barcos se aprovisionaban de agua para llevar hasta Cádiz en el mismo muelle construido de cantería, agua que provenía de la fuente del Rosalejo, a dos leguas de distancia.

La plaza Real o del Ayuntamiento, la de la Iglesia, la de Jesús, la de los Descalzos y de la Victoria y la de San Telmo, la iglesia prioral de San Sebastián, la de San Francisco y el hospital de la Misericordia, configuraban una ciudad en crecimiento apegada al mar y a las blancas salinas.

Una ciudad que ya trabajaba en el metal y en la fundición a finales del XVIII, la fábrica de planchas de cobre y clavazón de buques, que levantó Du Serré, caballero de la real Orden de San Luis, para paliar las demandas del Arsenal de la Carraca que ocupaba a hombres de la población es prueba del apogeo económico de la villa.

Los gritos de los vendedores de pescado, frutas y carnes en las tablas del mercado improvisado en la plaza de Jesús.

La casa consistorial, la cárcel y los pósitos de granos, daban presencia de una ciudad viva.

El olor a encurtido de la fábrica de pieles se mezclaba con el olor de las casas donde se hacía buen queso que se vendían en los pueblos cercanos.

Las Luces de este siglo y la preocupación de hombres deseosos del progreso de la villa, les llevó a fundar la Sociedad Patriótica de Amigos del País a la forma y manera que en otras muchas ciudades de la Corte, favoreciendo la educación y los avances en la agricultura y la industria.

Y los barcos, en un terreno llano de labor y monte bajo lleno de marismas inmensas y de salinas sorteadas por casas encaladas y robustas, se dejaban reposar sobre el Trocadero, que metía una porción de tierra en la bahía y quedaba aislada por el caño.

Allí, majestuosos de soberbia por el continuo trabajo estaban los careneros a una legua de Puerto Real, abierto en dos ramales, uno navegable hasta la ensenada del pueblo y el otro, más tímido, solo permitía el paso cuando había pleamar y los faluchos se atrevían a cruzarlo.

Las compañías de Filipinas y de La Habana, poseían hermosos y espléndidos almacenes donde no faltaba nada, sin olvidar los de otros particulares que se enriquecían del comercio.

Incluso un pequeño arsenal para fragatas dependiente del de la Carraca y una espaciosa caldera para las urcas de la compañía filipina.

Al otro lado, Matagorda, sobre un terreno compuesto de cascajo, arena y lodo, que quedaba cubierto con la pleamar y que cuando las aguas bajaban quedaba unida por una calzada con Puerto Real.

Un siglo que acaba con una población, según recoge el padrón de 1798 de dos mil novecientos noventa y dos vecinos, doce mil novecientos cuarenta y cinco ciudadanos, de ellos mil quinientas mujeres, mil cuatrocientos noventa y un hombres, doscientos veintiocho niños y doscientas cincuenta niñas. Ciudadanos que soportarían en apenas unos años los embates de la guerra.

Esa tierra en la que se asentaba la Algaida, el Trocadero, Matagorda, el pinar de las Canteras, las iglesias, los conventos, las haciendas, era Puerto Real, el pueblo que sirvió de aprovisionamiento continuo a cuantos quisieron expoliarlos.

Destruida por la invasión anglo-holandesa, en plena guerra de Sucesión, por las tropas de ocupación francesa y utilizada como almacén de aprovisionamiento por Riego en 1820.

Durante el siglo XVIII, el paso de la Casa de Contratación a Cádiz en 1717 favoreció la llegada de una nobleza inferior o de burgueses que habían adquirido títulos y que compraron tierras y casas solariegas y se asentaron en Puerto Real.

El tráfico comercial trajo mano de obra tanto a la construcción naval como a la construcción de las fortificaciones de Matagorda y Fort Luis.

De sus canteras salió la piedra ostionera para las obras de Cádiz y Sevilla y el más de un millón de estacas de sus pinares para los cimientos de Matagorda.

Obras civiles y militares, que embellecieron la villa y que significaron un empuje para la actividad comercial y cierta expansión económica que favoreció la construcción de infraestructuras como el puente de barcas del río San Pedro, fuentes, mercado de abastos e iglesias como la de San José.

Pero el siglo XVIII finaliza con una situación bien distinta de la villa.

Una ciudad a la que ha llegado huyendo parte de la población gaditana sitiada por una flota inglesa en 1797.

El hacinamiento y las fiebres gaditanas llegan a la población y la epidemia se extiende.

La iglesia de San Benito, construida por cuenta de Don Pedro Martínez de Murguía, para rendir culto a los difuntos albergará el nuevo cementerio, fuera de la ciudad, en un lugar apartado donde el contagio fuera el mínimo.

A finales de 1809, España entera quedaba bajo la bota francesa, el único lugar libre era Andalucía.

En diciembre de 1809, Soult escribe: “En ningún momento, desde el comienzo de la Guerra de España, las circunstancias han sido más favorables que las presente para entrar en Andalucía”

El 20 de enero, el ejército de Napoleón atravesó los pasos de Sierra Morena.

Sebastiani entró en Jaén el día 23.

El día 24, el general Víctor en Córdoba.

El 28, el mismo Sebastiani entra en Granada.

El 1 de Febrero, Víctor entra triunfante en Sevilla mientras repicaban las campanas.

El 4, llegan las tropas a Puerto Real, el 5, al Puerto de Santa María y el 7, a Chiclana.

Una fuerza de sesenta mil hombres habían entrado en Andalucía.

Víctor sitúa la línea del sitio entre Rota, el Puerto, Puerto Real, Chiclana y el poblado de Sancti Petri.

Alburquerque tomó la decisión de proteger Cádiz e inició la marcha hacia el sur perseguido por los dragones franceses.

El ejército de Extremadura a su paso destruyó todo cuanto podía serles útil a las tropas francesas, almacenes de grano, puentes y defensas, lo que colaboró a la miseria de los ciudadanos que quedaron en la población puertorrealeña.

Las tropas francesas establecen su campamento en el pinar de la Algaida, mientras que el general Víctor fija su centro de operaciones en El Puerto de Santa María, y solicita el reconocimiento de José Bonaparte y la rendición, a lo que la Junta local contesta: “La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que a Don Fernando VII. Cádiz, 6 de febrero de 1810 Francisco Javier de Venegas».

El territorio francés conquistado queda dividido al modo francés, con prefecturas y comisarías.

La prefectura del Guadalete, con capital en Jerez, absorbe los pueblos de la Bahía.

Al frente, comisarios que juramentaron a favor de Bonaparte por enriquecimiento personal, como dice Toreno, o por salvar la vida, hombres de ideas afrancesadas que no dudaron en abandonar al monarca español Fernando VII.

Pero esta acogida favorable a los franceses por parte de las autoridades locales fue desapareciendo ante las férreas medidas que se les imponía al pueblo puertorrealeño, encontrar suministros, hospitales, lazaretos, alojamientos y medios económicos, que dejaron extenuados a una población desolada.

Los hombres jóvenes en edad de luchar se fuera de las ciudades, familias destrozadas, robos, violaciones tanto por los franceses como por algunas partidas de guerrilleros y desertores.

Iglesias y conventos expoliados, destruidos y usados como establos.

Casas confiscadas por los alojamientos forzosos, las mejores viviendas para los oficiales; el resto, con todo lo que éstas contienen -ropa, menaje, comida y animales-, para la tropa: “Todos los individuos tengan la puerta de sus casas abiertas y francas para admitir gustosamente a las tropas francesas”

Los suministros y las contribuciones se convirtieron en la labor fundamental del regidor de la villa.

Establecer almacenes de harina, leña, vino, aceite, vinagre, carne, pan, cebada y paja para los ejércitos de ocupación y procurar que se guardasen los granos suficientes como simiente para la próxima cosecha.

Bestias grandes y pequeñas, carretas, piedras de molino, colchones, camas, hilas, pieles, jergones y mantas.

Interminable la lista de productos requisados y pedidos de forma continúa por la Junta de Subsistencia, la mayoría de las veces bajo la amenaza y la tortura.

Perder la intimidad y la vida, sentirse forzados a los espectáculos de toros, ferias y salidas procesionales, juramentos de fidelidad por los que se sienten desprecio, fueron parte del sometimiento.

Cuando la guerra termina, más de trescientos mil españoles han muerto, la mayoría hombres jóvenes incapaces ya de crear un proyecto nuevo para una nueva España.

Puerto Real fue el límite de la defensa.

El destino o las propias fortificaciones dejaron a unos dentro y a otros fuera de la vida.

Unos aplastados por los feroces enemigos y a otros aunque sitiados, ocupados en la política y sin los agravios de verse obligados a sobrevivir.

Porque, seguramente, el lugar más terrible de la guerra, el escenario más triste, es aquel en el que el enemigo se asienta, para sacudir y asediar a otros pueblos cercanos.

Esa tierra ocupada, zona cero y límite entre la libertad y el dominio, soporta todas las embestidas. La de la frustración de los que atacan una y otra vez a las ciudades que quieren ocupar, y la de la presión de los propios ocupados que ven que en nombre de no sé qué ideología liberal, arrasan, destruyen y dejan a la población en la más absoluta de las miserias.

Hilda Martín. Diario de Cádiz 04.02.1810.

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